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Nunca descansé ni me rendí. No me acosté a llorar o sentir lástima por mí misma, tampoco me pregunté ¿Por qué a mí? Al contrario, he perseverado en mi trabajo hasta que Dios ponga un alto en mi vida, ¡no una enfermedad!

Siento que empecé a vivir más significativamente al descubrir los dones que Dios me ha dado. Nunca he dicho que no a los retos que se presentan y he cumplido sueños sin saber lo difícil y fascinantes que cada uno sería.

En el año 2012, me llevaron de emergencia a USA para una operación por un aneurisma cerebral. Fue una operación delicada que dio paso a dos años de tratamientos que finalizaron en el 2014.

En el 2015 fui diagnosticada con cáncer invasivo de seno, etapa tres, triple positivo. Sin entender nada de lo que me decían los médicos, me sometí a los duros tratamientos para luchar contra de la enfermedad.

Me di cuenta de que el cáncer es una enfermedad que no tiene respeto por nadie, color, raza, edad, religión, posición socioeconómica, etc. Sin embargo, este período me llevó a valorar el aprecio de muchas personas, sus oraciones y mensajes me motivaron y acompañaron en esos días particularmente difíciles. Descubrí un nuevo lenguaje, obtuve amistades y relaciones más estrechas.

Siempre he valorado a la familia, pero reconozco que a partir de este proceso, los momentos juntos son más significativos, ese tiempo con mis nietos, mis hijos y toda mis seres queridos es más intenso.

Llevo tres años de cargar mis medicamentos para arriba y para abajo, no es algo a lo que uno se acostumbre, además toca lidiar con las consecuencias, pero de esta resumida historia lo más destacado es saber que tengo a un Dios magnífico que me ha dado su confianza y el privilegio de perseguir un sueño muy grande: cuidar a niños en alto riesgo en el proyecto Distrito de Alto Rendimiento, DAR, que tiene como meta erradicar la pobreza en las áreas de impacto. Lo inicié en 2010, antes pasar por estos procesos de salud. Los niños de DAR y sus familias que se las arreglan para sobrevivir y superar cualquier adversidad, me han enseñado a ser agradecida, a reflexionar y a no renegar porque lo tengo todo; me han motivado a vivir intensamente y a ser agradecida.

Sigo activa en mi trabajo, nunca descansé ni me rendí. No me acosté a llorar o sentir lástima por mí misma, tampoco me pregunté ¿Por qué a mí? Al contrario, he perseverado en seguir trabajando hasta que Dios ponga un alto en mi vida, ¡no una enfermedad!

Cualquier enfermedad, física o del alma, pasará; es pasajera y el dolor es temporal, lo mas valioso es disfrutar y gozar de lo que ahora tengo. He descubierto que la felicidad se sostiene con los sueños cumplidos y promesas que uno recibe. Estoy convencida de que aquello que no ha sucedido, sucederá. Vivo con la idea de dejar una huella positiva en los demás por medio de un consejo, una palabra de consuelo o un detalle.

 

Lourdes Morataya

Fundadora del proyecto Distrito de Alto Rendimiento, DAR.

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